Mauricio Antonio había buscado a su novia Topacio Andreina en su Mustang rojo. Topacio era una peluquera que había ganado gracias a su carisma el afecto de la comunidad a pesar del historial de sus ancestros. Escuchó el rugido del motor del auto anunciándole la llegada de su amor. Se puso sus zapatos de tacón alto de color negro, se dio un último vistazo en el espejo y salió de su humilde apartamento al encuentro.
Mauricio Antonio no tocó la corneta, la esperaría una eternidad. Durante esos minutos pensó en su fortuita unión; Topacio Andreina era la única, lo supo desde el momento en el que fue a buscar a su ex prometida al salón de belleza y percibió en esos ojos marrones llenos de misterio y promesa la llegada de ese sentimiento indescriptible del que hablaban sus cuates.
Al ver esos ojos, Mauricio Antonio comprendió que no había conocido el verdadero amor, su compromiso con Debora Sofía era una locura que debía ser detenida en ese mismo instante y así lo hizo, rompió su pacto dejando un amargo e insoportable dolor en el pecho de su ex novia. Trató de no pensar en ello, pues el destino así lo había querido, pertenecía a esa mujer de pelo abundante oscuro y sonrisa rota.
La puerta del carro se abrió por sorpresa reprimiendo la ola de pensamientos que empapaba a Mauricio Antonio, su perfume se infiltró en el aire que encerraba el Mustang y aún con la puerta abierta compartieron un beso de pura e inmaculada adoración que duró hasta que un destello creciente impactara en su contra acompañado de una bocina ininterrumpida, que sólo alcanzó para anunciar la desgracia cuando ya no había más nada que hacer.
Él despertó en el hospital, sólo estaba su abogado acompañándolo, puesto a que su familia estaba en Europa. Patricio José había trabajado toda su vida para ellos y Mauricio Antonio lo consideraba un tío más. El abogado, con lágrimas en los ojos observó la angustia de su cliente, no obstante, intentó mantener su voz serena para reconfortarlo.
-¿En dónde está Topacio Andreina?, ¿cómo está?, ¡debo verla en este intante!- exigió.
-Mauricio Antonio, lamento darte esta noticia, pero considero que lo más justo para ti es que sepas la verdad- se aclaró la garganta - Topacio Andreina fue la más afectada del accidente y me temo que no podrá caminar jamás.
Todo el ser de Mauricio Antonio se llenó de ira y desesperación. Comenzó a mover su torso y sus brazos de forma impulsiva y violenta y gritó:
-¿Por qué? Dios mío, ¿por qué? Topacio Andreina no merece esto, nunca ha podido tener una vida feliz, Dios, ¡arranca mis piernas y dáselas a ella!
El llanto de Patricio José se volvió más impetuoso luego de escuchar esas palabras y tuvo que sentarse y esperar un minuto para que su voz no se quebrara. Volvió a levantarse y esta vez le confesó la verdad a Mauricio Antonio.
-Hijo, era lo que esperaban que dijeras- mencionó mientras tomaba la mano del exacerbado muchacho.
El abogado explicó entre sollozos su loca estrategia para que no tomara el asunto con el pesimismo de quien no desea más vivir.
-Eres tú quien ha quedado minusválido.
Y un silencio áspero y contundente reinó la habitación.
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