jueves, 18 de diciembre de 2014

Crónica de un sueño

No se sabe cómo sucedió exactamente, ni el motivo, pero Sofía, una estudiante universitaria mientras conducía el carro de su padre acompañada de sus colegas cayó en un repentino y profundo sueño.

 Eran las 5:23 cuando su frente hizo un áspero recorrido desde el volante hasta unas piernas ajenas que se estremecieron únicamente por un sobresalto aparentemente carente de significado trascendental. El auto no aceleró más, aún cuando el chico de cabello corto y oscuro que esperaba fuera de un edificio de Lago Mar Beach, abrió la puerta y entró en él, aún cuando las motos que habían acelerado a toda máquina una vez, repitieron curiosamente el recorrido disminuyendo la velocidad. 

-Chama, paráte pues, vamonós - gritó la dueña de las piernas donde yacía el torso de la joven. Pero no despertó ni con cachetadas, ni con cosquillas. Allí estaba Sofía, despeinada, con la frente rosada y expresión serena, respirando, sin escuchar, ni ver, ni sentir. Sin embargo, su preocupación fue más fuerte que su parálisis; si los motorizados pasaban de nuevo, "estaban listos" y sólo restaban unos pocos minutos antes de que el impetuoso y ahora terrorífico sonido se volviese a acercar. 

Fue entonces que su voz se hizo escuchar, pero no salía de su boca, sus labios seguían paralizados y sus ojos cerrados. Una corriente de aire denso tornasolado portaba las palabras provenientes de la universitaria: -No los puedo llevar, por favor, hagan algo- suplicaba, sin embargo en ese momento empezaron a unirse ligas estiradas de voces formando un enredado nudo casi imposible de deshacer. El auto continuaba aparcado, la muchacha inconsciente y los demás exaltados, cuando Emiro, el mayor de todos, le replicó a la voz que necesitaba llegar a su casa y que Sofía se lo estaba impidiendo. Furiosa y a gran velocidad, la corriente de aire viajó de nuevo al cuerpo de la veinteañera, haciendo que cobrara de nuevo la energía para acelerar el carro. Como si se tratara de un mal pacto con fuerzas sobrenaturales, el pie de Sofía oprimió con el peso de un yunque el pedal. 

Había transcurrido apenas 10 minutos y todos estaban aliviados de haber salido del peligroso punto, no obstante la piloto se encontraba en un extraño trance. El auto seguía en marcha, más rápido que nunca haciendo que la pandilla gritara con un terror indescriptible que deformaba sus caras. 
El alboroto fue tan escandaloso que finalmente la persona que los creó se despertó, abriendo súbitamente los ojos en una oscura, silenciosa y segura habitación. Miró a su alrededor y pudo volver a respirar tranquilamente.

jueves, 28 de agosto de 2014

Literatura infantil sin etiquetas combatiría el bullying


¿Alguna vez habían pensado en las repercusiones que acarrean las etiquetas "para niños" o "para niñas"? Es algo tan cotidiano que a duras penas se puede percibir. Es por esta razón que campañas como Let Books be Books (permite que los libros sean libros) nacen.


Puede decirse que ésta es una extensión de la campaña Let Toys be Toys (permite que los juguetes sean juguetes) y en su página web explican su objetivo: "Le estamos pidiendo a los editores de libros infantiles quitarle las etiquetas "niños" y "niñas" a los libros y permitir a los niños escoger libremente qué tipo de historias o libros de actividades les interesan.

En Reino Unido, esta campaña ha sido bastante popular, no obstante en Venezuela, probablemente no muchos padres cuestionen esta diferencia que trazan las editoriales. Es interesante el concepto que predican: No es bueno que los niños piensen que colorear flores o robots es algo impropio sólo por su género, de hecho se habla también de conservar la apertura de las mentes de los niños y dejar que escojan de acuerdo a sus verdaderas preferencias para disminuir perjuicios y por consiguiente, el bullying.

Resulta bastante alarmante que se hagan por ejemplo, libros de cocina sólo para niñas. Imagínense a un niño que quiera hornear una torta y decorarla; inmediatamente recibiría algún comentario o mirada de rechazo, lo peor es que probablemente sea de sus padres. De la misma manera sucede con las niñas, recuerdo a una de mi colegio que se mantenía en los chismes de todas las demás por su afición a las cartas de Yu Gi Oh, hoy pienso que si hubiese parado de jugar con ellas sólo por esos comentarios, posiblemente pasaría un buen tiempo debatiéndose qué debería hacer para poder encajar y es algo que a nadie le pesaría, un robot más siempre es aceptado e inadvertido por los demás   

De ser tomado en cuenta muy seriamente, Let Books be Books podría representar un salto para una sociedad más receptiva, creativa y ¿por qué no?, productiva. Sería espléndido observar a las generaciones futuras desarrollándose sin límites absurdos. Yo quisiera que mis hijos encontraran su talento y su pasión para explotarlo a su manera sin tomar en cuenta su género y no pienso que sea una locura este razonamiento. 


domingo, 24 de agosto de 2014

50 sombras de Grey: ¿Conformismo literario?

Fanfictions, historias inspiradas en celebridades o personajes que los aficionados desearían que vivieran ciertas hazañas que el autor no se atreve o no tiene en mente describir. 

A pesar de que puedan llegar a ser el debut de nuevos escritores geniales, es probable que se conviertan en propulsores de profunda admiración a una literatura de una calidad no ideal.
Una buena historia siempre va a ser atractiva, pero a mi criterio, y siempre lo menciono cada vez que me preguntan qué considero importante a la hora de escoger qué no me gusta de un libro: el estilo del autor.

Tengo que mencionarlo aunque escandalice a las fanáticas de alma y corazón de Christian Grey; no entiendo esta trilogía, pero E.L James se las arregló e hizo de una historia vacía un gran negocio, incluso la considero una excelente disipadora de vergüenza; pues este libro es tan popular que no es extraño ver a alguien en un lugar público devorando la novela erótica. 

Esta popularidad llegó hasta los oídos de mi padre, quien en una librería me dijo que tenía ganas de comprar esa novela de la que todo el mundo hablaba. Yo no puedo expresar la intensidad de mi alarma ante esa situación y luego la cara de mi desorientado papá después de haberle explicado de qué iba 50 sombras de Grey.

Con más de 31 millones de copias vendidas alrededor del mundo, la trilogía posicionó a la autora británica en el primer lugar de la lista Forbes de los autores más ricos del año 2013: Y pensar que todo comenzó con un tributo a la saga Crepúsculo.

Con la película anunciando su estreno y varias amigas gritando de emoción por la expectativa y releyendo los (caros) tres libros, expreso mi preocupación por el futuro de la literatura si este tipo de obras se vuelve más y más rentables con el tiempo, ¿nos estamos volviendo conformistas literarios progresivamente? 


martes, 19 de agosto de 2014

Libros juveniles y gramática: una ligereza peligrosa

Existen libros para todos los gustos, sin embargo, es frecuente observar que existen algunos, que a pesar de que tienen una gran demanda (mayormente del público joven), no resultan ser lecturas fructíferas.

Estoy totalmente en desacuerdo cuando alguien desestima el valor de un libro simplemente por ser un bestseller, pues existen diversos aspectos más importantes a la hora de juzgar al libro; si bien es cierto, últimamente el público joven ha sido un fuerte consumidor de literatura juvenil, es alarmante ver cómo estas lecturas no producen una mejora significativa en sus habilidades comunicativas.

Una parte de mi alma muere cada vez que alguien que se jacta de haber leído infinidades de textos, escribe 5 errores ortográficos por frase, y es algo muy propio de mi; una de mis bandas favoritas me genera "sentimientos encontrados" por la misma causa (¿cómo pueden hacer música tan bella y escribir tan horriblemente al mismo tiempo?) y pienso que a medida de que una persona va escalando niveles académicos más altos, el asunto de la mala ortografía se vuelve aún más grave.

¿A quién culpar? ¿Al escritor mediocre o al lector conformista? Esta pregunta es más difícil de lo que parece, ambos llevan una carga pesada de este problema. Hablando como lectora, afirmo que es imprescindible que cada quien elija dentro de todas las historias ligeras, al menos una que exija más atención y análisis. Mi conclusión de la raíz de este problema es la siguiente: El lector hizo un barrido con sus ojos, se emocionó y leyó el libro entero en un día para enterarse del cuento y fin de la historia.

Si creo que todos los libros tienen algo que aportar, tal vez el conflicto nazca de una ligereza peligrosa. 

lunes, 28 de julio de 2014

Una telenovela negra

Mauricio Antonio había buscado a su novia Topacio Andreina en su Mustang rojo. Topacio era una peluquera que había ganado gracias a su carisma el afecto de la comunidad a pesar del historial de sus ancestros. Escuchó el rugido del motor del auto anunciándole la llegada de su amor. Se puso sus zapatos de tacón alto de color negro, se dio un último vistazo en el espejo y salió de su humilde apartamento al encuentro.

Mauricio Antonio no tocó la corneta, la esperaría una eternidad. Durante esos minutos pensó en su fortuita unión; Topacio Andreina era la única, lo supo desde el momento en el que fue a buscar a su ex prometida al salón de belleza y percibió en esos ojos marrones llenos de misterio y promesa la llegada de ese sentimiento indescriptible del que hablaban sus cuates.

Al ver esos ojos, Mauricio Antonio comprendió que no había conocido el verdadero amor, su compromiso con Debora Sofía era una locura que debía ser detenida en ese mismo instante y así lo hizo, rompió su pacto dejando un amargo e insoportable dolor en el pecho de su ex novia. Trató de no pensar en ello, pues el destino así lo había querido, pertenecía a esa mujer de pelo abundante oscuro y sonrisa rota.
La puerta del carro se abrió por sorpresa reprimiendo la ola de pensamientos que empapaba a Mauricio Antonio, su perfume se infiltró en el aire que encerraba el Mustang y aún con la puerta abierta compartieron un beso de pura e inmaculada adoración que duró hasta que un destello creciente impactara en su contra acompañado de una bocina ininterrumpida, que sólo alcanzó para anunciar la desgracia cuando ya no había más nada que hacer.

Él despertó en el hospital, sólo estaba su abogado acompañándolo, puesto a que su familia estaba en Europa. Patricio José había trabajado toda su vida para ellos y Mauricio Antonio lo consideraba un tío más. El abogado, con lágrimas en los ojos observó la angustia de su cliente, no obstante, intentó mantener su voz serena para reconfortarlo.

-¿En dónde está Topacio Andreina?, ¿cómo está?, ¡debo verla en este intante!- exigió.

-Mauricio Antonio, lamento darte esta noticia, pero considero que lo más justo para ti es que sepas la verdad- se aclaró la garganta - Topacio Andreina fue la más afectada del accidente y me temo que no podrá caminar jamás.

Todo el ser de Mauricio Antonio se llenó de ira y desesperación. Comenzó a mover su torso y sus brazos de forma impulsiva y violenta y gritó:

-¿Por qué? Dios mío, ¿por qué? Topacio Andreina no merece esto, nunca ha podido tener una vida feliz, Dios, ¡arranca mis piernas y dáselas a ella!

El llanto de Patricio José se volvió más impetuoso luego de escuchar esas palabras y tuvo que sentarse y esperar un minuto para que su voz no se quebrara. Volvió a levantarse y esta vez le confesó la verdad a Mauricio Antonio.

-Hijo, era lo que esperaban que dijeras- mencionó mientras tomaba la mano del exacerbado muchacho.

El abogado explicó entre sollozos su loca estrategia para que no tomara el asunto con el pesimismo de quien no desea más vivir.

-Eres tú quien ha quedado minusválido.

Y un silencio áspero y contundente reinó la habitación.

sábado, 15 de marzo de 2014

Asco de vida: El señor Augusto.



Hoy iba a ser el primer día que lograra conciliar el sueño temprano, pero algo que me contó una amiga de lo que presenció hace unas horas me lo arrebató, así que decidí escribir acerca de ese señor, imaginé su historia, que si bien no es ésta, es otra más válida. Sueño con una sociedad que comprenda lo humano de cada quien.

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El señor Augusto se despertó temprano. Posó ambas manos sobre el colchón aplicando la fuerza necesaria para sentarse lentamente en el borde de la cama. Su esposa, Helena continuaba durmiendo en calma, su pelo gris medianamente largo formaba ondas sobre su almohada, como siempre, tan pacífica, la imagen le recordó al mar, sereno y destellante. Sonrió.

Se fue arrastrando las pantuflas azules que cubrían la mitad de sus pies hacia la cocina a preparar el café. Observó como el líquido marrón se separaba del polvo a través del colador manchado de siempre y supo lo que pasaría a continuación.

El olfato de Helena nunca fallaba, aún dormida reconocía el aroma que encantaba su cotidianidad. Sacaron de la alacena dos tazas, sirvieron el café y encendieron el televisor desde su sofá, apostado a una distancia considerable del aparato. El noticiero ya estaba al aire y como siempre, lo escuchaban.

Rosita, la lora pedía a gritos que la liberaran de su encierro nocturno. Helena buscó las semillas que le daban de comer y Augusto, quien tenía la suficiente confianza con el ave, abrió la puerta de la jaula y adentró su mano. La lora amarró con sus patas su dedo índice, bajó la cabeza al pasar por el agujero y recibió con satisfacción las caricias de su amo. Desde ese momento rondaba libre dentro de la casa hasta que cayera la noche.

Los esposos compartían la misma pasión por el pan recién salido del horno, por esa razón, el señor se dirigía a una panadería vecina casi todos los días. Se puso su pantalón caqui con el cinturón literalmente en la cintura, una camisa de rayas verdes, sus zapatos marrones más cómodos, peinó los cabellos que rodeaban con una circunferencia su calva y roció en su cuello y brazos ese perfume que parecía molestar a todo el mundo, menos a su esposa. 

Sabía que no tenía dinero en efectivo y por eso caminó hasta el cajero automático. Ya en la fila, con tres personas por delante se dio cuenta de que había olvidado sus lentes, no obstante, no se preocupó, se las arreglaría. Al llegar al frente de la pantalla, introdujo su tarjeta, como escuchó que ordenaba la voz proveniente de la máquina, pero por más que entrecerrara los ojos, para él la pantalla no formaba más que sombras azules, y ni hablar de los botones de abajo. Miró hacia atrás y estudió los rostros de exaltación o de aburrimiento que portaban las personas que le procedían. Los dos muchachos que seguían inmediatamente luego de él, lo miraban expectantes.

El anciano sintió la presión de todos los ojos que se fijaban en su espalda, se volvió hacia los muchachos, que tenían pinta de no necesitar sus escasos ahorros de profesor jubilado y pidió amablemente que le ayudaran con la transacción.

No podían negarse, y luego de marcar los números que les dictó y otros botones, le informaron que había ocurrido un problema.
Augusto se hizo a un lado y dejó que los jóvenes hicieran la operación que habían ido a hacer. Reflexionó; era la tarjeta correcta, y el día anterior, su hijo Marcos había comprobado por internet que todo estaba en orden. Los muchachos se fueron velozmente y llegó el turno de una mujer de unos 40 años, quien voluntariamente se ofreció a volverlo a intentar por él.
—Se lo agradezco—dijo Augusto entregándole la tarjeta. La señora manejaba rápidamente el cajero, podía notar que lo usaba frecuentemente.
—Dice que la contraseña es incorrecta—afirmó la mujer—la voy a volver a pasar, si no le importa. Repitieron el procedimiento, esta vez ella marcó los números leyéndolos del papelito que guardaba Augusto en su bolsillo, sin embargo obtuvieron el mismo resultado.  

La señora lo supo de inmediato, pero al anciano hubo que informárselo. Tanto cuchicheo y actitud sospechosa de los que tenía al frente mientras oprimían más botones de los necesarios y se ocupaban de tapar bien la pantalla no había despertado su malicia, pues ni un billete salió de la ranura, él se había fijado bien.
Pensó en el ocio y la bárbara perversidad que habría impulsado a esos dos canallas a cambiar su contraseña, “burlándose del viejo” mientras, sin su autorización dos lágrimas corrían por su mejilla ante un público atónito.

lunes, 3 de marzo de 2014

La visita que inició "el decir"

No llovía, pero el cielo estaba extrañamente ennegrecido, varias melenas se agitaban y esponjaban, el viento, jocoso jugaba con los pocos empresarios informales que continuaban su jornada, tumbaba vasos, collares, balones y todo lo sutil, esperaba a que fuesen recogidos y luego retomaba el ataque mientras soltaba esa insoportable risa grave que espantaba. Sin embargo, Maracaibo era una de las pocas ciudades que encontraba este clima excesivamente seductor.

Él lo notó enseguida y sus ganas de unirse a este atrayente ambiente vencieron la cordura y el confort de su gran encierro subterráneo. Estaba acostumbrado al vapor de siempre, a las eternas y despampanantes llamas que envolvían completamente su ser y distinguían su lugar. No obstante, no tardó en subir y presenciar ese día.

Como siempre, en soledad y con discreción abrió una especie de sumidero, ese círculo que dividía su mundo de éste. Nadie lo observaba, nadie podría reconocerlo con esos pantalones largos negros, sweater vinotinto con capucha y lentes de sol. Paseó por los alrededores de la Plaza Bolívar mientras la brisa acariciaba su rostro. A veces se permitía este tipo de caminatas encantadoras, salir de su sofocante y amado hogar, en donde podía caminar desnudo libremente y nadie tenía derecho a emitir una palabra al respecto.

Se recostó sobre una banca y sin darse cuenta cayó como una roca dormido. El letargo fue tan fuerte como largo el período que había transcurrido la última vez que estuvo en ese estado. Vino a su memoria un agosto, cuando cerca del centro comercial Galerías había abandonado por accidente su calzado playero.

Abrió los ojos y el clima de Maracaibo había vuelto a ser el mismo. Definitivamente el sol quería echarlo del territorio, para demostrarlo, lanzó sus rayos más potentes en su contra. Toda su ropa estaba empapada de un líquido con olor a azufre, no lo soportó ni un segundo; se incorporó lo más rápidamente que pudo, se quitó el sweater y luego el pantalón, pero no había notado que alguien más se encontraba todavía en la plaza observándolo.


No había más nada que hacer, encogió los hombros y le guiñó el ojo al muchacho absorto en la escena que cambiaría su vida para siempre, pues acababa de presenciar lo más terrible que nunca habría podido imaginar la humanidad. 

domingo, 5 de enero de 2014

Mensaje en la botella

Este es uno de los ejercicios de Literautas:

Hoy en una de esas noches extrañamente estrelladas de enero pensé en ti, estoy segura de que tu cielo tiene más estrellas visibles, debe ser un espectáculo. Ese pensamiento me conforta y te imagino en un lugar cálido, tendido, observando esos destellos mágicos que el caos de la ciudad te impide disfrutar.
No quiero que lleguen a mi mente las típicas preguntas que los que se atreven a hablarme de ti me hacen: ¿qué comerías?, ¿cómo dormirías?, ¿estarías herido? o peor ¿estás vivo? Aún te siento, no obstante aún no sé si el espíritu al que dejo espacio para dormir de tu lado de la cama está en dos lugares. Quiero dejar de sentirlo tan fuertemente para creer que sólo tengo una mitad.
    
Aún no he quitado las decoraciones de navidad del jardín, ¿recuerdas esas estrellas con luces rojas, amarillas y naranjas?, hice una hilera rodeando las palmeritas. Me gusta ver como iluminan la cabeza de Wanda, sus manchas blancas se vuelven naranjas y sus arrugas forman más sombras, sin embargo su expresión no cambia, puedo percibir esa pureza de la que me hablabas tan entusiasta y me acuerdo de ti, ¿cómo no hacerlo? ¿Sabes qué día es? Ya pasó navidad y año nuevo. Me obligaron a celebrar en casa de mis padres, todos me comentaban mensajes positivos, trataban de animarme y yo me moría de la vergüenza porque no encontraba fuerzas para levantarme de una de esas incómodas sillas que alquila mi madre. Me llevé a Wanda, se comportó hasta que sonaron los fuegos artificiales y empezó a ladrar, le puse el vestido que usó para nuestra boda, llevaba nueve meses guardado y lo tuve que lavar. Todos aceptaron su presencia dentro de la casa, una especie de condición implícita, además sabían que tu habrías querido incluirla en la reunión.


Creía que comprendía los riesgos de tu profesión, pero esto fue demasiado lejos, nadie está preparado para esto y hoy me permito desplomarme como sólo lo puedo hacer ante ti. Vuelve pronto, ¡te lo exijo! Quiero que me ayudes a quitar esas decoraciones que empezaste y yo terminé. Basta de ver ese cielo, regresa o llévame contigo, compártelo conmigo. 

sábado, 4 de enero de 2014

Parece que va a llover

Parece que va a llover, presiona con sus dedos una parte de la persiana que emitiendo su sonido metálico forma una V que da paso a su visión al exterior. La habitación ennegrecida lo había anunciado y sí, sus suposiciones eran ciertas. El televisor es lo único que alumbra, sus ojos se pierden en la rejilla mientras oye el murmuro italiano de la RAI, reconoce algunas palabras, finge interés tratando de comprobarse algo como si alguien la estuviese vigilando.
Siente molestia en los ojos, ya ha sido suficiente televisión por el día, la apaga extinguiendo la imagen resplandeciente, reduciéndola hasta un diminuto círculo blanco que se atenúa hasta dejar la casa iluminada sólo con recuerdos. Recuesta la cabeza al sillón y cierra los ojos que arden y por un segundo colorean su alrededor de rojo, transcurrido el segundo vuelve a la normalidad.
El zumbido del aire acondicionado opaca su silencio. Lo recuerda como siempre, cada vez más, pero hoy el pensamiento se había vuelto inmaculado, es aquí, es ahora; el constante pianista nostálgico  había cambiado su partitura, hay una fiesta y no encuentra excusa para sentir autocompasión, todo está mejor que bien, excelente. Recuerda esa imbatible energía de fantasía que la llenaba estrujándole lo más profundo del alma. Cuando el gris vencía al celeste, las nubes al sol, estaban cerca, más cerca, más alto, más fuerte.
Cae la primera gota sin pasar inadvertida, la siguen tímidas otra y otra. Alguien decide estrechar su fuente, primero delicadamente, luego con más vigor hasta que cubre su carencia y junto ella se desparrama también con ese desgarrador abrazo que no hace más que dar razones.
 No hay más tiempo que perder ni nimiedades que pensar, el allegro era espléndido, el tiempo perfecto, iba en su búsqueda. Recorre a oscuras el corredor, sube el escalón, da vuelta a la llave, escucha con impecable nitidez la más seductora de las reminiscencias y abre la puerta.

Unos metros alejada de la casa eran suficientes para olvidar la uniformidad que había dejado todos sus pasos al frente. Su cabello gris formaba esas ondas que eran parte de las mismas memorias de otra mente y goteaba al igual que su vestido lila. Se dejó empapar de esa embriagante evocación y bailó con el viento. Tanto arrebato que pacientemente acumuló en sus venas no tuvo más lugar y rebosó su piel sin esfuerzo, tanta luz, centelleante sonreía. Las gotas caían en sus párpados, en sus pestañas, en su nariz y su boca no obstante respiraba y vivía. “Fue un festejo magnífico” musitó tendida sobre la superficie plomiza y áspera con los ojos bien abiertos, el agua cayendo sobre su rostro y sus dedos entrelazados con los pertenecientes a esa mano que tanto extrañaba y había invocado esa noche.  

miércoles, 1 de enero de 2014

Un soldado del ejercito y un polimaracaibo

La fiesta de fin de año se había prolongado hasta el amanecer. Aún en la luz del día se escuchaban las estruendosas y al parecer infinitas luces que coloreaban el festivo cielo que daba la bienvenida al año nuevo. Ya había pasado el tiempo de la canción de siempre dándole paso al usual reggaeton y música electrónica que solían bailar en Fundabarrios de San Francisco, no obstante aún se percibían personas tarareando “año nuevo pampampam, vida nueva” con la esperanza de quien no se comió las doce uvas porque su precio era exorbitante, pero decidió desear apretando el corazón con doce fosforitos, doce estrellitas, o sin nada, no era exactamente necesario cumplir con esas supersticiones. Sin embargo todos deseaban y en medio de ese mágico ambiente apestoso a nostalgia, recuerdos, ilusión y promesa salió José Paz de su casa.

Ana Karina era una muchacha bella; delgada, de piel morena y popular en el barrio porque a veces ayudaba a su abuela a atender su tienda, un pequeño cuarto con una ventana que daba al exterior surtido de chucherías, cigarrillos y “pegaditos” que resolvían a cualquiera que estuviese en un aprieto sin teléfono. Allí se conocieron por una charla casual acerca del atuendo de José y a pesar de todas las noches que él pasaba fuera de casa surgió entre ellos una amistad que se estaba convirtiendo en algo más. Ana recibió un mensaje en su celular: “No te vayas a dormir que ya voy pa’ allá”.

Eran las 7:03 de la mañana y Joangel Rodríguez había festejado toda la madrugada, celebraba no estar de guardia en año nuevo y con otro vaso de ron y Coca-cola se sentó en una silla situada al frente de su casa, estaba a punto de quedarse dormido cuando vislumbró una silueta borrosa que doblaba la esquina. Tardó un minuto en reconocer a quién pertenecía esa expresión y ese modo arrogante de caminar, el recuerdo llegó a él como una corriente eléctrica que lo sacudió, ahuyentando su sueño.


Esperó a que entrara al callejón, y a medida de que se acercaba la imagen mental que tenía de Ana Karina se volvía más nítida. ¿Qué iba a hacer ese hombre en su casa a esas horas?, esa chama era demasiado pa’ él. No cabía en su cabeza la idea de que la mujer que admiraba tanto estuviese con un novato de la Guardia que además tenía un hijo con otra. No, no lo permitiría, lo observaba con ese andar que tanto le molestaba, esa irritable sonrisa, esas esperanzas incorrectas y no lo pudo resistir, y sin nada que decir, traicionó su placa y su uniforme oprimiendo el gatillo una vez por cada razón que pensó.   
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