No se sabe cómo sucedió exactamente, ni el motivo, pero Sofía, una estudiante
universitaria mientras conducía el carro de su padre acompañada de sus colegas
cayó en un repentino y profundo sueño.
Eran las 5:23 cuando su frente hizo un áspero recorrido desde el volante hasta
unas piernas ajenas que se estremecieron únicamente por un sobresalto
aparentemente carente de significado trascendental. El auto no aceleró más, aún
cuando el chico de cabello corto y oscuro que esperaba fuera de un edificio de
Lago Mar Beach, abrió la puerta y entró en él, aún cuando las motos que habían
acelerado a toda máquina una vez, repitieron curiosamente el recorrido
disminuyendo la velocidad.
-Chama, paráte pues, vamonós - gritó la dueña de las piernas donde yacía el torso
de la joven. Pero no despertó ni con cachetadas, ni con cosquillas. Allí estaba
Sofía, despeinada, con la frente rosada y expresión serena, respirando, sin
escuchar, ni ver, ni sentir. Sin embargo, su preocupación fue más fuerte que su
parálisis; si los motorizados pasaban de nuevo, "estaban listos" y sólo restaban
unos pocos minutos antes de que el impetuoso y ahora terrorífico sonido se
volviese a acercar.
Fue entonces que su voz se hizo escuchar, pero no salía de su boca, sus labios
seguían paralizados y sus ojos cerrados. Una corriente de aire denso tornasolado
portaba las palabras provenientes de la universitaria: -No los puedo llevar, por
favor, hagan algo- suplicaba, sin embargo en ese momento empezaron a unirse
ligas estiradas de voces formando un enredado nudo casi imposible de deshacer.
El auto continuaba aparcado, la muchacha inconsciente y los demás exaltados,
cuando Emiro, el mayor de todos, le replicó a la voz que necesitaba llegar a su
casa y que Sofía se lo estaba impidiendo. Furiosa y a gran velocidad, la corriente
de aire viajó de nuevo al cuerpo de la veinteañera, haciendo que cobrara de nuevo
la energía para acelerar el carro.
Como si se tratara de un mal pacto con fuerzas sobrenaturales, el pie de Sofía
oprimió con el peso de un yunque el pedal.
Había transcurrido apenas 10 minutos y
todos estaban aliviados de haber salido del peligroso punto, no obstante la piloto
se encontraba en un extraño trance. El auto seguía en marcha, más rápido que
nunca haciendo que la pandilla gritara con un terror indescriptible que deformaba sus caras.
El alboroto fue tan escandaloso que finalmente la persona que los creó se despertó, abriendo súbitamente los ojos en una
oscura, silenciosa y segura habitación. Miró a su alrededor y pudo volver a
respirar tranquilamente.

