sábado, 15 de marzo de 2014

Asco de vida: El señor Augusto.



Hoy iba a ser el primer día que lograra conciliar el sueño temprano, pero algo que me contó una amiga de lo que presenció hace unas horas me lo arrebató, así que decidí escribir acerca de ese señor, imaginé su historia, que si bien no es ésta, es otra más válida. Sueño con una sociedad que comprenda lo humano de cada quien.

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El señor Augusto se despertó temprano. Posó ambas manos sobre el colchón aplicando la fuerza necesaria para sentarse lentamente en el borde de la cama. Su esposa, Helena continuaba durmiendo en calma, su pelo gris medianamente largo formaba ondas sobre su almohada, como siempre, tan pacífica, la imagen le recordó al mar, sereno y destellante. Sonrió.

Se fue arrastrando las pantuflas azules que cubrían la mitad de sus pies hacia la cocina a preparar el café. Observó como el líquido marrón se separaba del polvo a través del colador manchado de siempre y supo lo que pasaría a continuación.

El olfato de Helena nunca fallaba, aún dormida reconocía el aroma que encantaba su cotidianidad. Sacaron de la alacena dos tazas, sirvieron el café y encendieron el televisor desde su sofá, apostado a una distancia considerable del aparato. El noticiero ya estaba al aire y como siempre, lo escuchaban.

Rosita, la lora pedía a gritos que la liberaran de su encierro nocturno. Helena buscó las semillas que le daban de comer y Augusto, quien tenía la suficiente confianza con el ave, abrió la puerta de la jaula y adentró su mano. La lora amarró con sus patas su dedo índice, bajó la cabeza al pasar por el agujero y recibió con satisfacción las caricias de su amo. Desde ese momento rondaba libre dentro de la casa hasta que cayera la noche.

Los esposos compartían la misma pasión por el pan recién salido del horno, por esa razón, el señor se dirigía a una panadería vecina casi todos los días. Se puso su pantalón caqui con el cinturón literalmente en la cintura, una camisa de rayas verdes, sus zapatos marrones más cómodos, peinó los cabellos que rodeaban con una circunferencia su calva y roció en su cuello y brazos ese perfume que parecía molestar a todo el mundo, menos a su esposa. 

Sabía que no tenía dinero en efectivo y por eso caminó hasta el cajero automático. Ya en la fila, con tres personas por delante se dio cuenta de que había olvidado sus lentes, no obstante, no se preocupó, se las arreglaría. Al llegar al frente de la pantalla, introdujo su tarjeta, como escuchó que ordenaba la voz proveniente de la máquina, pero por más que entrecerrara los ojos, para él la pantalla no formaba más que sombras azules, y ni hablar de los botones de abajo. Miró hacia atrás y estudió los rostros de exaltación o de aburrimiento que portaban las personas que le procedían. Los dos muchachos que seguían inmediatamente luego de él, lo miraban expectantes.

El anciano sintió la presión de todos los ojos que se fijaban en su espalda, se volvió hacia los muchachos, que tenían pinta de no necesitar sus escasos ahorros de profesor jubilado y pidió amablemente que le ayudaran con la transacción.

No podían negarse, y luego de marcar los números que les dictó y otros botones, le informaron que había ocurrido un problema.
Augusto se hizo a un lado y dejó que los jóvenes hicieran la operación que habían ido a hacer. Reflexionó; era la tarjeta correcta, y el día anterior, su hijo Marcos había comprobado por internet que todo estaba en orden. Los muchachos se fueron velozmente y llegó el turno de una mujer de unos 40 años, quien voluntariamente se ofreció a volverlo a intentar por él.
—Se lo agradezco—dijo Augusto entregándole la tarjeta. La señora manejaba rápidamente el cajero, podía notar que lo usaba frecuentemente.
—Dice que la contraseña es incorrecta—afirmó la mujer—la voy a volver a pasar, si no le importa. Repitieron el procedimiento, esta vez ella marcó los números leyéndolos del papelito que guardaba Augusto en su bolsillo, sin embargo obtuvieron el mismo resultado.  

La señora lo supo de inmediato, pero al anciano hubo que informárselo. Tanto cuchicheo y actitud sospechosa de los que tenía al frente mientras oprimían más botones de los necesarios y se ocupaban de tapar bien la pantalla no había despertado su malicia, pues ni un billete salió de la ranura, él se había fijado bien.
Pensó en el ocio y la bárbara perversidad que habría impulsado a esos dos canallas a cambiar su contraseña, “burlándose del viejo” mientras, sin su autorización dos lágrimas corrían por su mejilla ante un público atónito.

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