lunes, 3 de marzo de 2014

La visita que inició "el decir"

No llovía, pero el cielo estaba extrañamente ennegrecido, varias melenas se agitaban y esponjaban, el viento, jocoso jugaba con los pocos empresarios informales que continuaban su jornada, tumbaba vasos, collares, balones y todo lo sutil, esperaba a que fuesen recogidos y luego retomaba el ataque mientras soltaba esa insoportable risa grave que espantaba. Sin embargo, Maracaibo era una de las pocas ciudades que encontraba este clima excesivamente seductor.

Él lo notó enseguida y sus ganas de unirse a este atrayente ambiente vencieron la cordura y el confort de su gran encierro subterráneo. Estaba acostumbrado al vapor de siempre, a las eternas y despampanantes llamas que envolvían completamente su ser y distinguían su lugar. No obstante, no tardó en subir y presenciar ese día.

Como siempre, en soledad y con discreción abrió una especie de sumidero, ese círculo que dividía su mundo de éste. Nadie lo observaba, nadie podría reconocerlo con esos pantalones largos negros, sweater vinotinto con capucha y lentes de sol. Paseó por los alrededores de la Plaza Bolívar mientras la brisa acariciaba su rostro. A veces se permitía este tipo de caminatas encantadoras, salir de su sofocante y amado hogar, en donde podía caminar desnudo libremente y nadie tenía derecho a emitir una palabra al respecto.

Se recostó sobre una banca y sin darse cuenta cayó como una roca dormido. El letargo fue tan fuerte como largo el período que había transcurrido la última vez que estuvo en ese estado. Vino a su memoria un agosto, cuando cerca del centro comercial Galerías había abandonado por accidente su calzado playero.

Abrió los ojos y el clima de Maracaibo había vuelto a ser el mismo. Definitivamente el sol quería echarlo del territorio, para demostrarlo, lanzó sus rayos más potentes en su contra. Toda su ropa estaba empapada de un líquido con olor a azufre, no lo soportó ni un segundo; se incorporó lo más rápidamente que pudo, se quitó el sweater y luego el pantalón, pero no había notado que alguien más se encontraba todavía en la plaza observándolo.


No había más nada que hacer, encogió los hombros y le guiñó el ojo al muchacho absorto en la escena que cambiaría su vida para siempre, pues acababa de presenciar lo más terrible que nunca habría podido imaginar la humanidad. 

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