No llovía, pero el cielo estaba
extrañamente ennegrecido, varias melenas se agitaban y esponjaban, el viento,
jocoso jugaba con los pocos empresarios informales que continuaban su jornada,
tumbaba vasos, collares, balones y todo lo sutil, esperaba a que fuesen
recogidos y luego retomaba el ataque mientras soltaba esa insoportable risa grave que espantaba. Sin embargo, Maracaibo era una de las pocas ciudades que
encontraba este clima excesivamente seductor.
Él lo notó enseguida y sus ganas
de unirse a este atrayente ambiente vencieron la cordura y el confort de su
gran encierro subterráneo. Estaba acostumbrado al vapor de siempre, a las
eternas y despampanantes llamas que envolvían completamente su ser y
distinguían su lugar. No obstante, no tardó en subir y presenciar ese día.
Como siempre, en soledad y con
discreción abrió una especie de sumidero, ese círculo que dividía su mundo de
éste. Nadie lo observaba, nadie podría reconocerlo con esos pantalones largos
negros, sweater vinotinto con capucha y lentes de sol. Paseó por los alrededores
de la Plaza Bolívar mientras la brisa acariciaba su rostro. A veces se permitía
este tipo de caminatas encantadoras, salir de su sofocante y amado hogar, en
donde podía caminar desnudo libremente y nadie tenía derecho a emitir una
palabra al respecto.
Se recostó sobre una banca y sin
darse cuenta cayó como una roca dormido. El letargo fue tan fuerte como largo
el período que había transcurrido la última vez que estuvo en ese estado. Vino a su memoria un
agosto, cuando cerca del centro comercial Galerías había abandonado por
accidente su calzado playero.
Abrió los ojos y el clima de
Maracaibo había vuelto a ser el mismo. Definitivamente el sol quería echarlo
del territorio, para demostrarlo, lanzó sus rayos más potentes en su contra.
Toda su ropa estaba empapada de un líquido con olor a azufre, no lo soportó ni
un segundo; se incorporó lo más rápidamente que pudo, se quitó el sweater y
luego el pantalón, pero no había notado que alguien más se encontraba todavía
en la plaza observándolo.
No había más nada que hacer,
encogió los hombros y le guiñó el ojo al muchacho absorto en la escena que cambiaría
su vida para siempre, pues acababa de presenciar lo más terrible que nunca
habría podido imaginar la humanidad.
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