Hoy iba a ser el primer día que lograra conciliar el sueño temprano, pero algo que me contó una amiga de lo que presenció hace unas horas me lo arrebató, así que decidí escribir acerca de ese señor, imaginé su historia, que si bien no es ésta, es otra más válida. Sueño con una sociedad que comprenda lo humano de cada quien.
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El señor Augusto
se despertó temprano. Posó ambas manos sobre el colchón aplicando la fuerza
necesaria para sentarse lentamente en el borde de la cama. Su esposa, Helena
continuaba durmiendo en calma, su pelo gris medianamente largo formaba ondas
sobre su almohada, como siempre, tan pacífica, la imagen le recordó al mar,
sereno y destellante. Sonrió.
Se fue
arrastrando las pantuflas azules que cubrían la mitad de sus pies hacia la
cocina a preparar el café. Observó como el líquido marrón se separaba del polvo
a través del colador manchado de siempre y supo lo que pasaría a continuación.
El olfato
de Helena nunca fallaba, aún dormida reconocía el aroma que encantaba su
cotidianidad. Sacaron de la alacena dos tazas, sirvieron el café y encendieron
el televisor desde su sofá, apostado a una distancia considerable del aparato.
El noticiero ya estaba al aire y como siempre, lo escuchaban.
Rosita, la
lora pedía a gritos que la liberaran de su encierro nocturno. Helena buscó las
semillas que le daban de comer y Augusto, quien tenía la suficiente confianza
con el ave, abrió la puerta de la jaula y adentró su mano. La lora amarró con
sus patas su dedo índice, bajó la cabeza al pasar por el agujero y recibió con
satisfacción las caricias de su amo. Desde ese momento rondaba libre dentro de
la casa hasta que cayera la noche.
Los esposos
compartían la misma pasión por el pan recién salido del horno, por esa razón,
el señor se dirigía a una panadería vecina casi todos los días. Se puso su
pantalón caqui con el cinturón literalmente en la cintura, una camisa de rayas
verdes, sus zapatos marrones más cómodos, peinó los cabellos que rodeaban con
una circunferencia su calva y roció en su cuello y brazos ese perfume que
parecía molestar a todo el mundo, menos a su esposa.
Sabía que
no tenía dinero en efectivo y por eso caminó hasta el cajero automático. Ya en
la fila, con tres personas por delante se dio cuenta de que había olvidado sus
lentes, no obstante, no se preocupó, se las arreglaría. Al llegar al frente de
la pantalla, introdujo su tarjeta, como escuchó que ordenaba la voz proveniente
de la máquina, pero por más que entrecerrara los ojos, para él la pantalla no
formaba más que sombras azules, y ni hablar de los botones de abajo. Miró hacia
atrás y estudió los rostros de exaltación o de aburrimiento que portaban las
personas que le procedían. Los dos muchachos que seguían inmediatamente luego
de él, lo miraban expectantes.
El anciano
sintió la presión de todos los ojos que se fijaban en su espalda, se volvió
hacia los muchachos, que tenían pinta de no necesitar sus escasos ahorros de
profesor jubilado y pidió amablemente que le ayudaran con la transacción.
No podían
negarse, y luego de marcar los números que les dictó y otros botones, le
informaron que había ocurrido un problema.
Augusto se
hizo a un lado y dejó que los jóvenes hicieran la operación que habían ido a
hacer. Reflexionó; era la tarjeta correcta, y el día anterior, su hijo Marcos
había comprobado por internet que todo estaba en orden. Los muchachos se fueron
velozmente y llegó el turno de una mujer de unos 40 años, quien voluntariamente
se ofreció a volverlo a intentar por él.
—Se lo
agradezco—dijo Augusto entregándole la tarjeta. La señora manejaba rápidamente
el cajero, podía notar que lo usaba frecuentemente.
—Dice que
la contraseña es incorrecta—afirmó la mujer—la voy a volver a pasar, si no le
importa. Repitieron el procedimiento, esta vez ella marcó los números
leyéndolos del papelito que guardaba Augusto en su bolsillo, sin embargo obtuvieron
el mismo resultado.
La señora
lo supo de inmediato, pero al anciano hubo que informárselo. Tanto cuchicheo y
actitud sospechosa de los que tenía al frente mientras oprimían más botones de
los necesarios y se ocupaban de tapar bien la pantalla no había despertado su
malicia, pues ni un billete salió de la ranura, él se había fijado bien.
Pensó en el
ocio y la bárbara perversidad que habría impulsado a esos dos canallas a
cambiar su contraseña, “burlándose del viejo” mientras, sin su autorización dos
lágrimas corrían por su mejilla ante un público atónito.