Toda la familia reunida en la
sala de la casa; brazo con brazo, finalmente cabían todos en el mismo sofá. La extrema
y claustrofóbica cercanía no le incomodaba, quería alzar sus brazos y rodear
con ellos a sus niños, sobre todo al menor, con tan sólo cuatro años parecía
entender que algo no iba bien, que debía permanecer inmóvil por la misma
amenaza que impedía que su madre cumpliera su deseo de hacerlos sentir inmune a
todo daño externo aún cuando no sabía cómo terminaría este asunto.
Tres con chaquetas negras, otro
con franela vinotinto, todos armados y con esa actitud intimidatoria que
caracteriza al montón de su especie. Trataba de evitar que su mirada se cruzara
con la del maleante apostado en frente de ellos que los encañonaba
despreocupadamente. De vez en cuando preguntaba a sus compañeros cuánto tiempo faltaba
volteando el rostro, la madre aprovechaba esos momentos para darle un vistazo a
ese sujeto que deseaba recordar por si existía la remota posibilidad de hacerle
pagar por ese terrible 30 de diciembre; le calculaba unos 20 años, no obstante
su tez demacrada y su expresión amenazante le recordaban la diferencia entre
ella, que era apenas unos años mayor y él.
Intentaba ignorar que su pareja
estuviese tratando de sacar su celular de su bolsillo trasero poniendo en
riesgo la operación de los delincuentes y por ende, sus vidas pero ¿qué podría
hacer?, no podía decirle que se detuviera, ni arrebatarle el teléfono, ni
moverse, así que decidió ignorar o tratar de ignorar. Observó el reloj gris que
colgaba en la pared, eran las 10:56 de la noche, había pasado aproximadamente
una hora luego de que cuatro hombres entraran sorpresivamente a su casa. Siempre
escuchaba de estos casos y creía haber tomado todas las previsiones posibles, pero
ese día aprendió que sus tres grandes candados no eran suficientes para
asegurar su protección en el sector Rodeo 1. Interrumpió ese pensamiento la
voces que provenían de la entrada principal, ya se iban y ya todo terminaría.
Escuchaba todo, desde el roce de
sus pertenencias en el bolso que llevaban hasta los dedos que se posaban sobre
la manilla para abrir la puerta que chirreaba insoportablemente. Ahora un
sonido inesperado; la puerta se cerró violentamente una vez más, nadie había
salido de la casa.
-Papi, allá hay una patrulla-
advirtió uno -¿Qué’s lo que vamos a hacer si lo que tenemos son estas pistolas
chimbas?
Muy tarde para pensar en un plan alternativo,
la policía había sido eficiente para su asombro y los ladrones sólo tenían esas imitaciones de armas de fuego para asustar. Un golpe brusco abrió de nuevo
la puerta y se escuchó un huracán de voces enojadas a un volumen que se fue
disminuyendo hasta dejar de escucharse.