domingo, 5 de enero de 2014

Mensaje en la botella

Este es uno de los ejercicios de Literautas:

Hoy en una de esas noches extrañamente estrelladas de enero pensé en ti, estoy segura de que tu cielo tiene más estrellas visibles, debe ser un espectáculo. Ese pensamiento me conforta y te imagino en un lugar cálido, tendido, observando esos destellos mágicos que el caos de la ciudad te impide disfrutar.
No quiero que lleguen a mi mente las típicas preguntas que los que se atreven a hablarme de ti me hacen: ¿qué comerías?, ¿cómo dormirías?, ¿estarías herido? o peor ¿estás vivo? Aún te siento, no obstante aún no sé si el espíritu al que dejo espacio para dormir de tu lado de la cama está en dos lugares. Quiero dejar de sentirlo tan fuertemente para creer que sólo tengo una mitad.
    
Aún no he quitado las decoraciones de navidad del jardín, ¿recuerdas esas estrellas con luces rojas, amarillas y naranjas?, hice una hilera rodeando las palmeritas. Me gusta ver como iluminan la cabeza de Wanda, sus manchas blancas se vuelven naranjas y sus arrugas forman más sombras, sin embargo su expresión no cambia, puedo percibir esa pureza de la que me hablabas tan entusiasta y me acuerdo de ti, ¿cómo no hacerlo? ¿Sabes qué día es? Ya pasó navidad y año nuevo. Me obligaron a celebrar en casa de mis padres, todos me comentaban mensajes positivos, trataban de animarme y yo me moría de la vergüenza porque no encontraba fuerzas para levantarme de una de esas incómodas sillas que alquila mi madre. Me llevé a Wanda, se comportó hasta que sonaron los fuegos artificiales y empezó a ladrar, le puse el vestido que usó para nuestra boda, llevaba nueve meses guardado y lo tuve que lavar. Todos aceptaron su presencia dentro de la casa, una especie de condición implícita, además sabían que tu habrías querido incluirla en la reunión.


Creía que comprendía los riesgos de tu profesión, pero esto fue demasiado lejos, nadie está preparado para esto y hoy me permito desplomarme como sólo lo puedo hacer ante ti. Vuelve pronto, ¡te lo exijo! Quiero que me ayudes a quitar esas decoraciones que empezaste y yo terminé. Basta de ver ese cielo, regresa o llévame contigo, compártelo conmigo. 

sábado, 4 de enero de 2014

Parece que va a llover

Parece que va a llover, presiona con sus dedos una parte de la persiana que emitiendo su sonido metálico forma una V que da paso a su visión al exterior. La habitación ennegrecida lo había anunciado y sí, sus suposiciones eran ciertas. El televisor es lo único que alumbra, sus ojos se pierden en la rejilla mientras oye el murmuro italiano de la RAI, reconoce algunas palabras, finge interés tratando de comprobarse algo como si alguien la estuviese vigilando.
Siente molestia en los ojos, ya ha sido suficiente televisión por el día, la apaga extinguiendo la imagen resplandeciente, reduciéndola hasta un diminuto círculo blanco que se atenúa hasta dejar la casa iluminada sólo con recuerdos. Recuesta la cabeza al sillón y cierra los ojos que arden y por un segundo colorean su alrededor de rojo, transcurrido el segundo vuelve a la normalidad.
El zumbido del aire acondicionado opaca su silencio. Lo recuerda como siempre, cada vez más, pero hoy el pensamiento se había vuelto inmaculado, es aquí, es ahora; el constante pianista nostálgico  había cambiado su partitura, hay una fiesta y no encuentra excusa para sentir autocompasión, todo está mejor que bien, excelente. Recuerda esa imbatible energía de fantasía que la llenaba estrujándole lo más profundo del alma. Cuando el gris vencía al celeste, las nubes al sol, estaban cerca, más cerca, más alto, más fuerte.
Cae la primera gota sin pasar inadvertida, la siguen tímidas otra y otra. Alguien decide estrechar su fuente, primero delicadamente, luego con más vigor hasta que cubre su carencia y junto ella se desparrama también con ese desgarrador abrazo que no hace más que dar razones.
 No hay más tiempo que perder ni nimiedades que pensar, el allegro era espléndido, el tiempo perfecto, iba en su búsqueda. Recorre a oscuras el corredor, sube el escalón, da vuelta a la llave, escucha con impecable nitidez la más seductora de las reminiscencias y abre la puerta.

Unos metros alejada de la casa eran suficientes para olvidar la uniformidad que había dejado todos sus pasos al frente. Su cabello gris formaba esas ondas que eran parte de las mismas memorias de otra mente y goteaba al igual que su vestido lila. Se dejó empapar de esa embriagante evocación y bailó con el viento. Tanto arrebato que pacientemente acumuló en sus venas no tuvo más lugar y rebosó su piel sin esfuerzo, tanta luz, centelleante sonreía. Las gotas caían en sus párpados, en sus pestañas, en su nariz y su boca no obstante respiraba y vivía. “Fue un festejo magnífico” musitó tendida sobre la superficie plomiza y áspera con los ojos bien abiertos, el agua cayendo sobre su rostro y sus dedos entrelazados con los pertenecientes a esa mano que tanto extrañaba y había invocado esa noche.  

miércoles, 1 de enero de 2014

Un soldado del ejercito y un polimaracaibo

La fiesta de fin de año se había prolongado hasta el amanecer. Aún en la luz del día se escuchaban las estruendosas y al parecer infinitas luces que coloreaban el festivo cielo que daba la bienvenida al año nuevo. Ya había pasado el tiempo de la canción de siempre dándole paso al usual reggaeton y música electrónica que solían bailar en Fundabarrios de San Francisco, no obstante aún se percibían personas tarareando “año nuevo pampampam, vida nueva” con la esperanza de quien no se comió las doce uvas porque su precio era exorbitante, pero decidió desear apretando el corazón con doce fosforitos, doce estrellitas, o sin nada, no era exactamente necesario cumplir con esas supersticiones. Sin embargo todos deseaban y en medio de ese mágico ambiente apestoso a nostalgia, recuerdos, ilusión y promesa salió José Paz de su casa.

Ana Karina era una muchacha bella; delgada, de piel morena y popular en el barrio porque a veces ayudaba a su abuela a atender su tienda, un pequeño cuarto con una ventana que daba al exterior surtido de chucherías, cigarrillos y “pegaditos” que resolvían a cualquiera que estuviese en un aprieto sin teléfono. Allí se conocieron por una charla casual acerca del atuendo de José y a pesar de todas las noches que él pasaba fuera de casa surgió entre ellos una amistad que se estaba convirtiendo en algo más. Ana recibió un mensaje en su celular: “No te vayas a dormir que ya voy pa’ allá”.

Eran las 7:03 de la mañana y Joangel Rodríguez había festejado toda la madrugada, celebraba no estar de guardia en año nuevo y con otro vaso de ron y Coca-cola se sentó en una silla situada al frente de su casa, estaba a punto de quedarse dormido cuando vislumbró una silueta borrosa que doblaba la esquina. Tardó un minuto en reconocer a quién pertenecía esa expresión y ese modo arrogante de caminar, el recuerdo llegó a él como una corriente eléctrica que lo sacudió, ahuyentando su sueño.


Esperó a que entrara al callejón, y a medida de que se acercaba la imagen mental que tenía de Ana Karina se volvía más nítida. ¿Qué iba a hacer ese hombre en su casa a esas horas?, esa chama era demasiado pa’ él. No cabía en su cabeza la idea de que la mujer que admiraba tanto estuviese con un novato de la Guardia que además tenía un hijo con otra. No, no lo permitiría, lo observaba con ese andar que tanto le molestaba, esa irritable sonrisa, esas esperanzas incorrectas y no lo pudo resistir, y sin nada que decir, traicionó su placa y su uniforme oprimiendo el gatillo una vez por cada razón que pensó.   
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