sábado, 4 de enero de 2014

Parece que va a llover

Parece que va a llover, presiona con sus dedos una parte de la persiana que emitiendo su sonido metálico forma una V que da paso a su visión al exterior. La habitación ennegrecida lo había anunciado y sí, sus suposiciones eran ciertas. El televisor es lo único que alumbra, sus ojos se pierden en la rejilla mientras oye el murmuro italiano de la RAI, reconoce algunas palabras, finge interés tratando de comprobarse algo como si alguien la estuviese vigilando.
Siente molestia en los ojos, ya ha sido suficiente televisión por el día, la apaga extinguiendo la imagen resplandeciente, reduciéndola hasta un diminuto círculo blanco que se atenúa hasta dejar la casa iluminada sólo con recuerdos. Recuesta la cabeza al sillón y cierra los ojos que arden y por un segundo colorean su alrededor de rojo, transcurrido el segundo vuelve a la normalidad.
El zumbido del aire acondicionado opaca su silencio. Lo recuerda como siempre, cada vez más, pero hoy el pensamiento se había vuelto inmaculado, es aquí, es ahora; el constante pianista nostálgico  había cambiado su partitura, hay una fiesta y no encuentra excusa para sentir autocompasión, todo está mejor que bien, excelente. Recuerda esa imbatible energía de fantasía que la llenaba estrujándole lo más profundo del alma. Cuando el gris vencía al celeste, las nubes al sol, estaban cerca, más cerca, más alto, más fuerte.
Cae la primera gota sin pasar inadvertida, la siguen tímidas otra y otra. Alguien decide estrechar su fuente, primero delicadamente, luego con más vigor hasta que cubre su carencia y junto ella se desparrama también con ese desgarrador abrazo que no hace más que dar razones.
 No hay más tiempo que perder ni nimiedades que pensar, el allegro era espléndido, el tiempo perfecto, iba en su búsqueda. Recorre a oscuras el corredor, sube el escalón, da vuelta a la llave, escucha con impecable nitidez la más seductora de las reminiscencias y abre la puerta.

Unos metros alejada de la casa eran suficientes para olvidar la uniformidad que había dejado todos sus pasos al frente. Su cabello gris formaba esas ondas que eran parte de las mismas memorias de otra mente y goteaba al igual que su vestido lila. Se dejó empapar de esa embriagante evocación y bailó con el viento. Tanto arrebato que pacientemente acumuló en sus venas no tuvo más lugar y rebosó su piel sin esfuerzo, tanta luz, centelleante sonreía. Las gotas caían en sus párpados, en sus pestañas, en su nariz y su boca no obstante respiraba y vivía. “Fue un festejo magnífico” musitó tendida sobre la superficie plomiza y áspera con los ojos bien abiertos, el agua cayendo sobre su rostro y sus dedos entrelazados con los pertenecientes a esa mano que tanto extrañaba y había invocado esa noche.  

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