La fiesta de fin de año se había prolongado hasta el
amanecer. Aún en la luz del día se escuchaban las estruendosas y al parecer
infinitas luces que coloreaban el festivo cielo que daba la bienvenida al año
nuevo. Ya había pasado el tiempo de la canción de siempre dándole paso al usual
reggaeton y música electrónica que solían bailar en Fundabarrios de San
Francisco, no obstante aún se percibían personas tarareando “año nuevo
pampampam, vida nueva” con la esperanza de quien no se comió las doce uvas
porque su precio era exorbitante, pero decidió desear apretando el corazón con doce
fosforitos, doce estrellitas, o sin nada, no era exactamente necesario cumplir
con esas supersticiones. Sin embargo todos deseaban y en medio de
ese mágico ambiente apestoso a nostalgia, recuerdos, ilusión y promesa salió
José Paz de su casa.
Ana Karina era una muchacha bella; delgada, de piel morena y
popular en el barrio porque a veces ayudaba a su abuela a atender su tienda, un
pequeño cuarto con una ventana que daba al exterior surtido de chucherías, cigarrillos y “pegaditos” que resolvían a
cualquiera que estuviese en un aprieto sin teléfono. Allí se conocieron por una
charla casual acerca del atuendo de José y a pesar de todas las noches que él
pasaba fuera de casa surgió entre ellos una amistad que se estaba convirtiendo
en algo más. Ana recibió un mensaje en su celular: “No te vayas a dormir que ya
voy pa’ allá”.
Eran las 7:03 de la mañana y Joangel Rodríguez había festejado
toda la madrugada, celebraba no estar de guardia en año nuevo y con otro vaso
de ron y Coca-cola se sentó en una silla situada al frente de su casa, estaba a
punto de quedarse dormido cuando vislumbró una silueta borrosa que doblaba la
esquina. Tardó un minuto en reconocer a quién pertenecía esa expresión y ese
modo arrogante de caminar, el recuerdo llegó a él como una corriente eléctrica
que lo sacudió, ahuyentando su sueño.
Esperó a que entrara al callejón, y a medida de que se
acercaba la imagen mental que tenía de Ana Karina se volvía más nítida. ¿Qué
iba a hacer ese hombre en su casa a esas horas?, esa chama era demasiado pa’
él. No cabía en su cabeza la idea de que la mujer que admiraba tanto estuviese
con un novato de la Guardia que además tenía un hijo con otra. No, no lo
permitiría, lo observaba con ese andar que tanto le molestaba, esa irritable sonrisa,
esas esperanzas incorrectas y no lo pudo resistir, y sin nada que decir, traicionó su placa y su uniforme oprimiendo el gatillo una vez por cada razón que pensó.
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