miércoles, 1 de enero de 2014

Un soldado del ejercito y un polimaracaibo

La fiesta de fin de año se había prolongado hasta el amanecer. Aún en la luz del día se escuchaban las estruendosas y al parecer infinitas luces que coloreaban el festivo cielo que daba la bienvenida al año nuevo. Ya había pasado el tiempo de la canción de siempre dándole paso al usual reggaeton y música electrónica que solían bailar en Fundabarrios de San Francisco, no obstante aún se percibían personas tarareando “año nuevo pampampam, vida nueva” con la esperanza de quien no se comió las doce uvas porque su precio era exorbitante, pero decidió desear apretando el corazón con doce fosforitos, doce estrellitas, o sin nada, no era exactamente necesario cumplir con esas supersticiones. Sin embargo todos deseaban y en medio de ese mágico ambiente apestoso a nostalgia, recuerdos, ilusión y promesa salió José Paz de su casa.

Ana Karina era una muchacha bella; delgada, de piel morena y popular en el barrio porque a veces ayudaba a su abuela a atender su tienda, un pequeño cuarto con una ventana que daba al exterior surtido de chucherías, cigarrillos y “pegaditos” que resolvían a cualquiera que estuviese en un aprieto sin teléfono. Allí se conocieron por una charla casual acerca del atuendo de José y a pesar de todas las noches que él pasaba fuera de casa surgió entre ellos una amistad que se estaba convirtiendo en algo más. Ana recibió un mensaje en su celular: “No te vayas a dormir que ya voy pa’ allá”.

Eran las 7:03 de la mañana y Joangel Rodríguez había festejado toda la madrugada, celebraba no estar de guardia en año nuevo y con otro vaso de ron y Coca-cola se sentó en una silla situada al frente de su casa, estaba a punto de quedarse dormido cuando vislumbró una silueta borrosa que doblaba la esquina. Tardó un minuto en reconocer a quién pertenecía esa expresión y ese modo arrogante de caminar, el recuerdo llegó a él como una corriente eléctrica que lo sacudió, ahuyentando su sueño.


Esperó a que entrara al callejón, y a medida de que se acercaba la imagen mental que tenía de Ana Karina se volvía más nítida. ¿Qué iba a hacer ese hombre en su casa a esas horas?, esa chama era demasiado pa’ él. No cabía en su cabeza la idea de que la mujer que admiraba tanto estuviese con un novato de la Guardia que además tenía un hijo con otra. No, no lo permitiría, lo observaba con ese andar que tanto le molestaba, esa irritable sonrisa, esas esperanzas incorrectas y no lo pudo resistir, y sin nada que decir, traicionó su placa y su uniforme oprimiendo el gatillo una vez por cada razón que pensó.   

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