martes, 31 de diciembre de 2013

Asaltantes mantuvieron a una familia como rehenes en la COL

Toda la familia reunida en la sala de la casa; brazo con brazo, finalmente cabían todos en el mismo sofá. La extrema y claustrofóbica cercanía no le incomodaba, quería alzar sus brazos y rodear con ellos a sus niños, sobre todo al menor, con tan sólo cuatro años parecía entender que algo no iba bien, que debía permanecer inmóvil por la misma amenaza que impedía que su madre cumpliera su deseo de hacerlos sentir inmune a todo daño externo aún cuando no sabía cómo terminaría este asunto.
Tres con chaquetas negras, otro con franela vinotinto, todos armados y con esa actitud intimidatoria que caracteriza al montón de su especie. Trataba de evitar que su mirada se cruzara con la del maleante apostado en frente de ellos que los encañonaba despreocupadamente. De vez en cuando preguntaba a sus compañeros cuánto tiempo faltaba volteando el rostro, la madre aprovechaba esos momentos para darle un vistazo a ese sujeto que deseaba recordar por si existía la remota posibilidad de hacerle pagar por ese terrible 30 de diciembre; le calculaba unos 20 años, no obstante su tez demacrada y su expresión amenazante le recordaban la diferencia entre ella, que era apenas unos años mayor y él.
Intentaba ignorar que su pareja estuviese tratando de sacar su celular de su bolsillo trasero poniendo en riesgo la operación de los delincuentes y por ende, sus vidas pero ¿qué podría hacer?, no podía decirle que se detuviera, ni arrebatarle el teléfono, ni moverse, así que decidió ignorar o tratar de ignorar. Observó el reloj gris que colgaba en la pared, eran las 10:56 de la noche, había pasado aproximadamente una hora luego de que cuatro hombres entraran sorpresivamente a su casa. Siempre escuchaba de estos casos y creía haber tomado todas las previsiones posibles, pero ese día aprendió que sus tres grandes candados no eran suficientes para asegurar su protección en el sector Rodeo 1. Interrumpió ese pensamiento la voces que provenían de la entrada principal, ya se iban y ya todo terminaría.
Escuchaba todo, desde el roce de sus pertenencias en el bolso que llevaban hasta los dedos que se posaban sobre la manilla para abrir la puerta que chirreaba insoportablemente. Ahora un sonido inesperado; la puerta se cerró violentamente una vez más, nadie había salido de la casa.
-Papi, allá hay una patrulla- advirtió uno -¿Qué’s lo que vamos a hacer si lo que tenemos son estas pistolas chimbas?

Muy tarde para pensar en un plan alternativo, la policía había sido eficiente para su asombro y los ladrones sólo tenían esas imitaciones de armas de fuego para asustar. Un golpe brusco abrió de nuevo la puerta y se escuchó un huracán de voces enojadas a un volumen que se fue disminuyendo hasta dejar de escucharse. 

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