Se pasó una hora buscando el calcetín rojo Claudia Martínez, recepcionista del Hotel Intercontinental. Tal calcetín no era parte de su sobrio uniforme de trabajo, era su secreto, debajo de sus mallas y calcetines negros estaban esos rojos, finos y cortos, que hacían que sus zapatos cerrados cautelosamente comprados una talla más grande encajasen perfectamente a sus pies diminutos.
Pasaban esos eternos minutos de una búsqueda absurda e intransigente y Claudia no detenía el constante replay mental de los discursos de su vecina, a quien visitaba una vez al mes en medio del olor a tabaco y follaje desconocido. Las palabras “SOLA, SOLTERA, SOLA” retumbaban repetidas veces en su cabeza y entre más fuerte sonaban, más aceleraba el paso, más inepta se sentía. ¿Por qué no había comprado el paquete de los dos pares?, ¡qué tacaña había sido!, ¡no había que medir cuando se trataba de su futuro, de su estabilidad emocional! Se preguntaba si su vecina tendría otro par listo con su especial preparación o al menos un solo calcetín que reemplazara el que buscaba. ¿Cómo lo iba a tener? Si del proceso anterior pudo aprender que eran personalizados, ella misma había dado un mechón de su castaña melena para la gestación de sus calcetines rojos especiales.
Ya tenía 32 años y difícilmente le aguardaría un futuro de inmensa felicidad si no era con la ayuda necesaria, pero tal vez, de cualquier manera no podría contrariar el rumbo de su vida y ya llevaba más de diez minutos de retraso.
Así fue como decidió quitarse el calcetín rojo del pie izquierdo, ponerse los negros, seguidos de los zapatos cerrados que desde ese momento bailan incómodamente con cada paso que da y salió de su apartamento del cuarto piso con la vergüenza de quien desconoce su destino marchando por direcciones repudiadas.
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