jueves, 18 de diciembre de 2014

Crónica de un sueño

No se sabe cómo sucedió exactamente, ni el motivo, pero Sofía, una estudiante universitaria mientras conducía el carro de su padre acompañada de sus colegas cayó en un repentino y profundo sueño.

 Eran las 5:23 cuando su frente hizo un áspero recorrido desde el volante hasta unas piernas ajenas que se estremecieron únicamente por un sobresalto aparentemente carente de significado trascendental. El auto no aceleró más, aún cuando el chico de cabello corto y oscuro que esperaba fuera de un edificio de Lago Mar Beach, abrió la puerta y entró en él, aún cuando las motos que habían acelerado a toda máquina una vez, repitieron curiosamente el recorrido disminuyendo la velocidad. 

-Chama, paráte pues, vamonós - gritó la dueña de las piernas donde yacía el torso de la joven. Pero no despertó ni con cachetadas, ni con cosquillas. Allí estaba Sofía, despeinada, con la frente rosada y expresión serena, respirando, sin escuchar, ni ver, ni sentir. Sin embargo, su preocupación fue más fuerte que su parálisis; si los motorizados pasaban de nuevo, "estaban listos" y sólo restaban unos pocos minutos antes de que el impetuoso y ahora terrorífico sonido se volviese a acercar. 

Fue entonces que su voz se hizo escuchar, pero no salía de su boca, sus labios seguían paralizados y sus ojos cerrados. Una corriente de aire denso tornasolado portaba las palabras provenientes de la universitaria: -No los puedo llevar, por favor, hagan algo- suplicaba, sin embargo en ese momento empezaron a unirse ligas estiradas de voces formando un enredado nudo casi imposible de deshacer. El auto continuaba aparcado, la muchacha inconsciente y los demás exaltados, cuando Emiro, el mayor de todos, le replicó a la voz que necesitaba llegar a su casa y que Sofía se lo estaba impidiendo. Furiosa y a gran velocidad, la corriente de aire viajó de nuevo al cuerpo de la veinteañera, haciendo que cobrara de nuevo la energía para acelerar el carro. Como si se tratara de un mal pacto con fuerzas sobrenaturales, el pie de Sofía oprimió con el peso de un yunque el pedal. 

Había transcurrido apenas 10 minutos y todos estaban aliviados de haber salido del peligroso punto, no obstante la piloto se encontraba en un extraño trance. El auto seguía en marcha, más rápido que nunca haciendo que la pandilla gritara con un terror indescriptible que deformaba sus caras. 
El alboroto fue tan escandaloso que finalmente la persona que los creó se despertó, abriendo súbitamente los ojos en una oscura, silenciosa y segura habitación. Miró a su alrededor y pudo volver a respirar tranquilamente.

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